
Reformar desde otro país sin perder el control
Cómo llevamos las obras de propietarios que viven fuera: qué se decide antes de empezar, qué se ve cada semana y qué no debería resolverse nunca por WhatsApp.
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Qué se supervisa en cada fase de una piscina, desde el encofrado hasta el mosaico, y por qué la dirección de obra en exteriores exige un seguimiento distinto al de interiores.
Dirigir la obra de una piscina se parece poco a dirigir la reforma de un interior. Dentro de una casa, un error se ve y se corrige antes de cerrar la pared. En una piscina, buena parte de lo que decide si el resultado dura veinte años o da problemas al segundo verano queda enterrado o bajo el agua en cuanto se aplica el revestimiento: las pendientes, los pasamuros, la impermeabilización. Ahí es donde de verdad se gana o se pierde el proyecto.
Este es el seguimiento de una obra de piscina y espacios al aire libre que dirigimos en la Marina Alta, de la fase de obra bruta a la entrega.

En esta fase se comprueban tres cosas que luego ya no se pueden corregir sin picar: que las pendientes del fondo llevan el agua hacia los sumideros y no al revés, que los pasamuros de las boquillas de impulsión y del skimmer están a la altura exacta del proyecto, y que la armadura del vaso tiene el recubrimiento de hormigón suficiente para que no aparezca óxido con los años. Es la visita de obra que menos se puede saltar, aunque sea la que menos fotogénica resulta.


El muro de piedra oscura que separa la zona de piscina del resto de la parcela no es un elemento aislado: repite el mismo material y el mismo despiece que la fachada de la vivienda, para que el exterior se lea como una sola intervención y no como una casa con una piscina añadida después. Coordinar eso —que el industrial de la piscina y el que reviste la fachada trabajen con el mismo criterio de junta y de corte— es tan trabajo de dirección de obra como revisar el hormigón.
Una piscina no se termina cuando se llena de agua. Se termina cuando nadie puede señalar dónde acaba la casa y empieza el jardín.
El mosaico de vidrio en tonos verdes y turquesa es el acabado más exigente de toda la obra en cuanto a mano de obra: cada pieza se coloca una a una y cualquier desviación de nivel en el vaso se hace evidente en la línea de agua. Es también, junto con la impermeabilización, la partida donde menos conviene ajustar por precio — un fallo aquí no se repara, se rehace entero.
Entre el vaso encofrado y el mosaico terminado hay varias visitas de obra que no se ven en ninguna foto: la de impermeabilización, la de las pruebas de estanqueidad antes de revestir, la de la instalación de depuración. Ninguna es vistosa, y todas son las que evitan la llamada del segundo verano. Es el mismo enfoque que aplicamos en la dirección de cualquier reforma que llevamos en la comarca, dentro o fuera de la casa.

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